No lo veo anotado aquí, pero las campanas porracean a intervalos la crestería de las Villuercas. Su tañido ya no establece, como antaño, el día en Guadalupe, pero sigue cortejando el ocaso de la luz y el romeraje. Ayer, por poco si rubrica el anuncio de la terna, que sonó en el coro a la hora de vísperas. Desvelado el secreto y desinflada la curiosidad, empieza el discernimiento. Alrededor de la mesa, Arias nos ha partido esta mañana una hogaza muy oportuna, a cuenta de los Zebedeos y su indisimulado afán de grandeza. Esta pareja, como la defraudada de Emaús, sufrió previamente una lección erizada camino del escarnio. Unos y otros ?necios y torpes? descubrirán, ya apurado el cáliz hasta el hondón y bautizados en la sangre, que sólo el siervo (minister/ ministro) pasará (passio/phase/pascua) a la Gloria.
Las Comisiones prosiguen pacientemente, con tijeras y agujas, corta y pega, el repaso de los temas capitulares. Por la tarde se reúne el pleno y aprueba de una tacada larga, meditada, disputada, los tres documentos básicos de este Capítulo, bastante más que una hoja de ruta.
En el aire, fresco y húmedo de mayo, vuelan las preguntas; es la hora de la incertidumbre, porque se barrunta el severo ritual de las elecciones, este misterioso proceder en el que estamos siempre acompañados y sostenidos por el Origen y Motor primero (Deus ex machina). Larga vigilia la de esta noche, tanteando hallar luciérnagas que nos lleven al alba. ¡Veni, Sancti Spiritus!
Fr. Antonio Arévalo
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