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Ligeros de equipaje
Días atrás buscaba luciérnagas que apuntaran al Oriente. Y ya tengo preparado el equipaje para andar la vereda. De siempre me han conmovido los versos del pobretón Machado, poeta de las moscas vulgares, los olmos del Duero caídos, las encinas polvorientas… [y marcharé desnudo, ligero de equipaje, como los hombres de la mar.] Mendigaba yo luciérnagas para no errar el camino, pero he visto llamaradas, como en el cenáculo, aquella mañana del viento recio y las mil lenguas.
¡Señor, que vuelva a ver!, grito en el arcén, viéndole pasar.
Torpe y necio como los de Emaús, trepa e intransigente como los Zebedeos, ciego como el de Jericó, testarudo y prudente como Pedro. Los mimbres (Oterino dixit) de la cuadrilla de Dios. «El Sol poniente preguntó: ¿No hay quien pueda relevarme? Se hará lo que se pueda, Maestro, contestó la lámpara de barro.» (R. Tagore)
Vio Juan, y creyó tras comer en intimidad el pan de la vida; vio el ciego de Jericó, después de gritar hasta la extenuación y echar atrás el manto y sus aperos…; vieron Cleofás y compañía, aquel día oscurecido. Ligeros de equipaje, como los hombres de la mar galilea, como los penitentes de Asís.
Bajamos del Horeb ardiente al valle, del Tabor a la vía dolorosa, de la sierra al llano, de las Actas y las Tablas a la mortecina vida de las cerezas rojas. Volvamos, caminemos tras de él, si hemos visto y oído, para que tengan vida, para que tengáis parte en nuestra alegría.
Antonio Arévalo |