Escribir bitácoras puede ser un ejercicio solitario lastrado de petulancia. Quienes, mozalbetes, llevaron diarios a imitación de las novelitas de los sesenta, saben a qué me refiero. No obstante, las bitácoras (esto que los anglófilos a rebufo llaman blog), son como un diario fisgoneado por los adultos, un secreto a voces con sordina, «una vida en las ventanas», que dijo Andrés Neuman en su libro.
Cuando me propuse orear el Capítulo provincial en esta ventana, arrastrado por el interés tertuliano y el salpullido del letraherido, contaba poder arracimar un puñado de almas del calibre nueve, y otros empedernidos del artilugio. Pero mi sorpresa crece viendo, a diario, que el racimo se infla con este desfile de enREDados que nos miráis con ojos nuevos. Como si de un torno conventual se tratara, aumentan los billetes y las notas esgrafiadas con bellísimos mensajes fraternos, que se agradecen. Y no vienen sólo de novicios (con quienes ya contaba), sino de curias y casas-madres circunspectas.
De modo que por ellos, y por los que nos siguen tan de cerca, esta tarde, a pesar de que me puede el peso de recuentos y actas, sobrecarga de las elecciones, aquí vengo, sin tantas lindezas como acostumbro, pero con el alma en vilo y el corazón agradecido. Ahora sé que estáis ahí, no para ver pasar nuestra vida por las ventanas, sino para mantener con vuestros alivios el paso de los caminantes. ¡Tenemos que mantener esta bitácora!
Antonio Arévalo |